Sunday October 20 2019
2017-01-25
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Desafíos para el nuevo frente económico

Por: Santiago Caviedes

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cuador es una economía dolarizada, abierta, muy ligada al sector externo y vulnerable a los ciclos de las materias primas. La evolución del sector externo determina la liquidez de la economía, el crédito, el riesgo país, el crecimiento, el equilibrio fiscal y la evolución de las importaciones. El alto peso del petróleo en la economía, hace que el funcionamiento de la misma dependa de los ingresos petroleros que son volátiles y pertenecen al Estado.

En este último auge del petróleo, la política fiscal ha sido una vez más procíclica. El gasto del ingreso petrolero y además el endeudamiento al que nos permite acceder empujaron la economía para un crecimiento elevado en los años de alto precio del crudo. En el período 2011-2014, la economía se expandió en promedio al 5.6%. No obstante, el modelo venía ya dando muestras de agotamiento desde 2013. Pese a mantener precios del crudo elevados y el impulso fiscal con crecientes déficits fiscales financiados con deuda externa, la tasa de crecimiento pasó de 7.9% en 2012 a 4% en 2014, mientras el déficit fiscal se disparó de -0,6% a -7.2% del PIB entre 2011 y 2014.

El golpe de gracia lo dio el colapso del precio del crudo que se derrumbó de cerca de $84 por barril promedio anual en 2014 a $34 en 2016. La caída de los ingresos del petróleo es la más profunda y más prolongada de los últimos 30 años. El Ecuador perdió cerca de $8,000 millones en exportaciones petroleras y $2,800 millones en ingresos fiscales netos en los dos últimos años. Ante la ausencia de suficiente ahorro fiscal o financiamiento para cubrir un abultado déficit fiscal, se tuvo que recortar el gasto. Entre 2014 y 2016 se ha reducido el gasto en $3,500 millones a nivel de Gobierno Central, principalmente gasto de capital. Para una economía dependiente del gasto fiscal, el ajuste significó la mayor recesión desde 1999, estimando una contracción del PIB de -2.3% en 2016.

Este contexto ya complejo, empeoró en 2016 con requerimientos de pagos extraordinarios de $1,000 millones por fallos judiciales en el caso de Oxy y Chevron. El terremoto de Manabí que afortunadamente no afectó la base productiva del país, implicó un aumento del gasto pero también el acceso a financiamiento y el incremento de impuestos muy oportunos para el presupuesto del Gobierno.

La suma de factores adversos y la contracción de liquidez dejó ver las costuras de la economía. La calidad de crédito del país sufrió y por lo tanto el financiamiento se secó.  La desatinada política de financiamiento a través de anticipos de corto plazo respaldados en contratos de embarque de petróleo ahondó el problema al restarnos ingresos petroleros.

La dificultad de levantar recursos implicó recurrir a fuentes de financiamiento no convencionales.

Parte del gasto fue financiado con retrasos a proveedores que terminó siendo peor para la economía pues se rompió la cadena de pagos y minó la confianza del consumidor.

En 2016 el crédito del Banco Central se convirtió en la principal herramienta de financiamiento de corto plazo otorgando más de $2,700 millones netos que permitió al Gobierno ponerse al día con proveedores. Si bien esto permitió salir de apuros al Gobierno, generó un desajuste en el sector monetario. El crédito del Banco Central es una expansión del balance del banco central contra los depósitos del mismo sector público. Al igual que lo hace el sector financiero privado, el Banco Central comenzó a multiplicar el dinero para compensar la falta de crédito en la economía. El dinero fiduciario en poder del Gobierno es usado para pagar a proveedores y termina como depósitos en el sector financiero. El incremento de depósitos exige un aumento de reservas bancarias en el propio Banco Central. Como las reservas internacionales están bajas, el sistema financiero ha visto sus reservas bancarias descalzadas.

Si el sistema financiero comienza a colocar más crédito, el problema se ahondará, pues se multiplicará el dinero que será respaldado por el mismo nivel de reservas internacionales que no serán suficientes para cubrir la totalidad del encaje. Esto implica un gran desafío para la confianza y estabilidad del sistema económico sobre todo porque en dolarización no existe un prestamista de última instancia. Hay que indicar que el sistema financiero mantiene mecanismos adicionales de liquidez a través del Fondo de Liquidez y las inversiones discrecionales que realizan en el extranjero.

Con sobresaltos y medidas no convencionales, el Gobierno logró ajustar la economía. Fruto de la recesión y de las restricciones, en 2016 se cerrará con un superávit comercial cercano a 1% del PIB. El crédito bancario al sector privado se reactiva lentamente, el abultado déficit fiscal superior al 6% del PIB ha sido totalmente financiado y se ha logrado amortizar y refinanciar la deuda pública. Sin embargo, este equilibrio es frágil y nos deja expuestos a cualquier choque externo adicional pues el país agotó todas las municiones para enfrentar una crisis.

Este escenario es un desafío para el Frente Económico de la siguiente administración. La reactivación económica precisa de una expansión del crédito sana y sostenible.

Los niveles de reservas internacionales actuales no garantizan que un aumento de depósitos tenga suficiente respaldo en dólares. Una de las primeras tareas es resolver la escasez de divisas. Esto solo se puede lograr con ahorro fiscal o con mayor endeudamiento externo de mediano plazo.

El país ha aumentado su deuda pública externa de forma acelerada desde 2013 acumulando $13,987 millones adicionales a noviembre 2016 según cifras del Banco Central. El ratio de deuda externa sobre PIB casi se ha duplicado en apenas 3 años pasando de 13.6% a 25.7%. A diferencia de la deuda interna, la deuda externa tiene mayores riesgos de refinanciamiento pues es más sensible al precio del crudo. De mantenerse los niveles de déficit observados en los últimos 4 años, muy prontamente el país se verá imposibilitado de financiarlos con recursos externos, lo que pone en riesgo no solo la sostenibilidad fiscal, sino también la balanza de pagos. Un ajuste fiscal es necesario y debe ser gestionado adecuadamente para no generar una recesión y para no desproteger a los más pobres.

El ciclo del dólar débil que tanto nos favoreció en los primeros 10 años de dolarización se revirtió en 2012. Desde entonces, el dólar se ha apreciado en relación a las monedas de nuestros principales destinos de exportación o competidores regionales. Por ejemplo, se ha apreciado un 41% frente al peso colombiano, 28% frente al peso chileno o 26% frente al euro.

Ante un escenario de mayores tasas de interés en EUA, esta tendencia se ahondará y generará mayor presión a la generación de divisas por parte del sector privado. El desmantelamiento de las salvaguardias, una reactivación económica y la vigencia del acuerdo comercial con la UE generarán presiones importantes en la balanza comercial que serán difíciles de administrar.

Es indudable que quien se haga cargo del manejo económico del país deberá formular una receta compleja para reactivar la economía manteniendo el equilibrio monetario, externo y fiscal. Al mismo tiempo, deberá proteger y hacer más eficiente la inversión pública, y sobre todo la social, reducir las vulnerabilidades de la economía nacional y tendrá que romper con el patrón histórico de un gasto fiscal pro cíclico que nos enciende la fiesta pero también nos complica la resaca. El mismo Keynes dijo enfáticamente que “el auge, no la recesión, es el momento adecuado para la austeridad fiscal”. Ojalá los encargados de la política económica en ambos lados del espectro político lean esta frase completa.

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Por: Santiago Caviedes

Twitter@sacaviedesg

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