Sunday October 20 2019
2017-09-15
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¿DEBERÍAMOS SEGUIR CREYENDO EN LA EDUCACIÓN COMO BASE DE LA IGUALDAD Y EL BIENESTAR?

Por: Svetlana Pozo Kovalchuk

Soy una fiel creyente de que la educación puede y debe cambiar al mundo, aunque a diario me cuestiono si esta será suficiente para recuperar los valores de una sociedad en decadencia. Quizás lo que nos falte no sean estudios sino humanidad. ¿Está el sistema educativo actual promoviendo una vida más equitativa y digna en realidad?

Uno de los aspectos fundamentales de la ética es reflexionar acerca del concepto de una sociedad justa; su alcance y limitaciones. En un horizonte global, resulta imperativo  evaluar  si las políticas gubernamentales – acciones que un gobierno emprende para resolver las necesidades de la población- promueven el desarrollo humano que busca “la expansión de opciones disponibles para que cada individuo pueda gozar de la vida que considera valiosa” (PNUD, 2011, p. VII).  A través de la distribución presupuestal, las políticas gubernamentales deben promover el desarrollo humano “concebido como la libertad efectiva que [el Estado] proporciona a sus ciudadanos” (PNUD, 2011, p. 32) siendo prioritaria la destinada hacia aquellos que gozan de menores oportunidades. Por ende, es necesario que el presupuesto sea una herramienta efectiva para la consecución de dicho objetivo, es decir, que sea equitativo verticalmente: dar más a quien más lo necesita.

La principal condición para la equidad educativa es la igualdad de acceso a la misma. “Una manera de evaluar esta condición es identificar la infraestructura y el personal educativo a los que se puede recurrir y los procedimientos para contar con ellos” (PNUD, 2011, p. 117). Como segundo requisito es la igualdad de condiciones o circunstancias y los medios que se utilizan en el aprendizaje. “Deben asignarse recursos iguales para actividades de enseñanza-aprendizaje iguales a todos aquéllos que tengan acceso al sistema escolar” (PNUD, 2011, p. 117). En condiciones de diferencia que no son controladas por los individuos, el gobierno deberá crear programas que subsanen dicha inequidad.

Año a año escuchamos a los gobiernos latinoamericanos enlistar logros alcanzados en materia de cobertura de la educación, sin embargo nunca se menciona la “calidad” de la educación que se recibe. El gasto en educación para la expansión de la cobertura es insuficiente sin la promoción de una educación de calidad. En los rubros de educación media superior y superior la tendencia es que se sigue favoreciendo a los sectores de población de ingresos más altos, lo cual merma directamente las capacidades de desarrollo humano de la población con mayor índice de pobreza: “sus beneficios se concentran en los grupos de mayor ingreso, mayor logro educativo y, en general, en la población con niveles más elevados de desarrollo humano” (PNUD, 2011, p. 121) dando lugar a un país con una movilidad social limitada.

El resultante de estas y muchas carencias más en la distribución del gasto en reformas educativas evidencia una clara desigualdad existente en Latinoamérica que  hará que muchos niños vean sesgado su  acceso a la educación como un medio de desarrollo del potencial humano y desarrollo de capacidades para incorporarse al mercado laboral y por ende tener un mayor poder para perseguir sus propios fines.

Sin embargo, tampoco a nivel de escuelas privadas se puede hablar de una educación de “calidad” como tal. El sistema educativo sigue creando ciudadanos apáticos, entrenados para obedecer en vez de actuar. Educados para memorizar en vez de cuestionar. Entrenados para aceptar los problemas en vez de preguntarse cómo resolverlos.

Con el objetivo de reflexionar desde una perspectiva ética sobre esta paradójica situación en la que cuantitativamente se podría considerar un éxito contundente lo realizado por el los gobiernos latinoamericanos en relación con la educación, pero cualitativamente un fracaso, se propone asumirlo con un desafío multidimensional en el que los actores no sólo son los profesores y el Estado, también y con mayor o menor grado de responsabilidad ética:   alumnos,    autoridades escolares y desde luego,  padres de familia. Si bien es cierto que esto traslada el análisis ético a una dimensión personal y no social, es relevante mantener la consciencia de ello.

Pese a la progresividad del presupuesto público en materia de educación básica, la educación resultante es de inferior calidad, ya que es promovida mediante trabas burocráticas, marginación rural, falta de acceso a la información y tecnología, falta de gasto público real en el mejoramiento de la calidad de la educación, además de curriculum y contenidos pedagógicos sin significado real sobre cómo funciona la sociedad. Las reformas educativas han dado una enorme importancia a la vinculación entre las exigencias del mercado laboral y la elaboración de los pensum académicos, limitando la educación  únicamente a una dimensión económica. Es decir, se ha dejado de considerar a la educación como un derecho humano, sino únicamente un medio para un fin que pueda beneficiar económicamente. Tal vez ahí radica el límite del análisis realizado por la ONU a través del PNUD; su énfasis en la dimensión fáctica y no moral de la realidad compleja; una muestra tangible de que lo intangible (lo moral) dinamiza u obstaculiza la más profunda realidad tangible (los resultados reales). Por algo en la academia griega, sólo existía un gran objetivo: formar la phronesis o prudencia sabia, la cual sólo podría formarse a partir de un “sistema” centrado en la auténtica virtud humana.

Estos y otros aspectos invitan a reflexionar sobre en qué medida las políticas gubernamentales en educación en toda Latinoamérica, realmente cumplen éticamente con sus deberes como Estados. Nos encontramos ante un círculo vicioso: una educación de baja calidad perpetúa las desigualdades sociales y la injusticia, y las desigualdades sociales perpetúan la educación de baja calidad.

Nuevamente la regla general se reduce a que  la educación privada, que educa a una minoría con recursos, tiene altos estándares de “calidad” (me refiero a calidad medida desde la dimensión económica mencionada en párrafos anteriores) porque la sociedad necesita mantener la división de clases sociales, y una clase trabajadora con una educación mediocre es necesaria para mantener intactas las estructuras sociales. La movilidad social se vuelve negativa, y las oportunidades de una vida mejor desaparecen. A la élite política y económica, con su falta de ética y absoluta corrupción, le interesa muy poco que los sectores de la población pobres sean educadas, al contrario, promueven la baja calidad de la educación pública porque un pueblo educado tiene como consecuencia una revolución social segura.

Se requiere ir más allá de indicadores y tener un gobierno interesado en el desarrollo del bienestar de su población, pero también una población más activa, más participativa. De esta forma, no sólo exigirá mejor educación, sino diversas medidas para fortalecer al país, exigir legislaciones que regulen a los bancos, las empresas y monopolios, y tener un sistema en general más justo. Dejemos de botar al mundo profesionales en lugar de humanos.

La educación debe trascender cifras, promesas vacías o promoción de estructuras sociales e injustas. Más allá de los discursos, debemos considerar “que poco se habrá avanzado mientras la enseñanza básica no sea prioritaria en inversión de recursos, en atención institucional y también como centro del interés público” (Savater, 1997, p. 6). En aras de desarrollar una sociedad justa y donde el bienestar sea posible se debe tomar la educación en serio, pues  la educación es sin duda el más humano y humanizador de todos  los esfuerzos para verdaderamente mejorar nuestro planeta. En los tiempos donde la economía es globalizada y prácticamente no hay sociedades aisladas, educar para vivir bien, éticamente y con consciencia del medio ambiente es toral para la subsistencia digna del hombre.

 

Referencias

Ausín, T. (2008). Tomando en serio los derechos humanos. Enrahonar 40/41, (pp. 83 -98). Madrid, España: Centro de Ciencias Humanas y Sociales.

Declaración Universal de los Derechos Humanos. (1945). Recuperada de http://www.un.org/es/documents/udhr/

Dresser, D. (2011). El país de uno. México D.F., México: Aguilar

PNDH (2011) Informe sobre desarrollo humano México 2011. Equidad del gasto público: derechos sociales universales con subsidios focalizados.

PNUD (2012). Informe sobre Competitividad Social en México 2012. México: PNUD

Savater, F. (1997). El valor de educar. Barcelona, España: Ariel

Autora

Svetlana Pozo K

Twitter@SvetlanaPozoKvC

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